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Alejandro Frias
Alejandro Frias
 
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Residente en Godoy Cruz, Mendoza, ha publlicado Serie B (2004) y Todos los chicos (2007). Es codirector de revista Serendipia.
Ébano
Desvié la mirada del camafeo con querubines y diablillos en sobrerrelieve para ver a quién pertenecía la mano que levantaba el gallo que tanto me había gustado y del que ni siquiera me había animado a preguntar el precio, seguramente inaccesible para mi escueto bolsillo.
Treinta y dos pesos, dijo el hombre que atendía el puesto, respondiendo a la pregunta que le hizo ella, la chica que sostenía entre sus largos y trigueños dedos la pieza de madera que yo había contemplado deseoso hacía unos instantes.
De ébano, respondió el puestero a la segunda pregunta de la muchacha de campera de lana de varios colores y oscuro pelo largo atado con una cinta verde a la altura del cuello, a partir de la cual se desplegaba como un abanico invertido, manando hacia su cintura sin alcanzarla.
No hace falta, dijo ella cuando el vendedor le preguntó si lo envolvía para regalo, y la mano de trigueños dedos largos descendió lentamente hacia el bolso que colgaba de una trenza de cuero que subía desde la cintura para llegar hasta el hombro derecho, rodear el cuello desde el que nacía un abanico de pelos que caía infinito y regresar hacia el suelo rozando la espalda oculta por el negro cabello. Los largos dedos de la trigueña mano se introdujeron en el bolso sosteniendo el gallo y al instante emergieron vacíos, despojados de lo que hasta hace momentos era mi deseo, convirtiéndose así en mi nueva obsesión.
Son exquisitos estos animales, aseguró ella señalando con un gesto tácito las demás miniaturas dispuestas sobre la mesa del tallador. Exquisitos, dijo. No bellos, hermosos, maravillosos o lo que sea. Exquisito, dijo, y entendí que me había enamorado.
Muchas gracias, escuché de la boca del artesano, y su voz no podía disimular la vanidad, y menos cuando comenzó a explayarse sobre los detalles de la elaboración de cada pieza y los extremos cuidados que, claro, él sabía poner en el trabajo para que (y así siguió, dando paso a un monólogo al que ella parecía prestar mucha atención y ante el cual yo encontré la excusa perfecta para retirarme sin mirarla a los ojos ni preguntarle el nombre o decirle, siquiera, que desde hacía escasos segundos sabía que era ella la mujer junto a la cual quisiera morir).
Seguí camino acompañado por el recuerdo de esos pechos apenas insinuados bajo la lana de colores, ese perfil al que le sobraba un poco de nariz pero lo compensaba con una sonrisa que no se acababa en los labios y ese cuello con el que podían tallarse miles de gallos de ébano. De la mano de esas imágenes di una ojeada a diez o quince puestos más hasta llegar al de los discos y libros, libros usados y discos de vinilo, discos que chistan y se rallan y libros amarillentos y poblados de ácaros. Allí me detuve y me puse a revisar lo que había. Entre los empaques cuadrados y finos de los discos metía mis dedos y, uno a uno, los elevaba lo suficiente como para verles las portadas y luego regresarlos a su lugar. En esa mecánica casi absurda, casi triste, encontré una edición de 1982 de Tiempos Difíciles, de Baglietto y su troupe rosarina, el primero que grabaron todos ellos.
Un rótulo autoadhesivo pegado en la envoltura de nilon que lo protegía aseguraba que yo me lo podía llevar por diez pesos. Y yo tenía en mi bolsillo dieciséis, así que sí, me lo llevaría y, además, me compraría una cerveza que me acompañara a escucharlo en mi casa esa misma noche.
No me gusta ser un precipitado a la hora de las decisiones, así que dejé el disco donde estaba y seguí mirando el resto de las portadas, a ver si todavía andaba por ahí otra joyita y yo me la perdía por desbocado. Entonces terminé de revisar esa fila y seguí por la de al lado, y acabé también con esta sin dar con nada mejor que Tiempos Difíciles, así que seguí con la siguiente, y allí encontré una edición 1989 de un disco de Aznar ya como solista, y lo saqué para verlo mejor, y estaba en eso cuando noté que apenas unos centímetros más allá de mí estaba nuevamente ella, cuello trigueño, dedos largos abriéndose como un abanico, pechos tallados en ébano, sonrisa de lana de colores.
La miré, me miró, me sonrió, le sonreí, bajó la vista hacia los discos y comenzó a repasar las portadas, volví a la tapa de la grabación como solista de Aznar. Durante varios segundos me quedé con ese disco entre las manos, sabiendo que no podría avanzar hacia ningún lado hasta reponerme del impacto de verla y de que me viera, de tenerla a mi lado, tan cerca que hasta hubiera jurado que sentía su calor.
Trataba de reponerme del disparo que algún cupido había acertado en mí cuando volví a escuchar su voz de campanario, su palabras de aves en vuelo, su idioma de mares y vientos creadores. Me llevo este, dijo ella, y el este al que se refería, el que blandía entre sus dedos de plumas de gallo de ébano, era Tiempos Difíciles.
Rápido, más rápido de lo que me moví en toda mi vida, dejé el disco de Aznar donde estaba y, sacando fuerzas de vaya a saber dónde, me acerqué y le dije lo que le tenía que decir.
Ese me lo iba a llevar yo, escuché que salía de mi boca, y ella también lo oyó, por eso me miró y no dijo nada. Nada de nada.
Disculpame, lo iba a comprar yo, casi le rogué. Sí, claro, escuché que salía de sus labios de sonrisa de dientes que abanicaban el aire.
En serio, aseguré. En serio, estaba viendo qué más había, expliqué. Pero me iba a llevar ese, supliqué. El disco estaba ahí suelto, lo encontré y me lo llevo, razonó pechos insinuados.
Pueden comprarlo los dos y hacerse amigos, intervino la mujer que atendía el puesto, y creo que la miré con odio por meterse en lo que no le importaba.
Estaba ahí y me lo llevo, aseguró gallo de ébano en el bolso, disco de Baglietto en la mano, billete de diez entre extensos dedos trigueños. No quiero discutir por un tema como este, concluyó cinta verde estirando el brazo hacia la mujer que, desde el otro lado de la mesa llena de libros y discos, recibió su pago y lo guardó en algún bolsillo de su pantalón.
No me miró ni me sonrió, sólo giró y se fue, lenta, casi cansina, llevándose el gallo de ébano, el disco de Baglietto y mi corazón.
Te puedo conseguir otro para la semana que viene, me prometió la entrometida que atendía el puesto, y estoy seguro de que la miré con odio.
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Un caramelo por los cinco centavos
Abrió la billetera y vio el canto del billete de diez, el único que tenía, todo lo que tenía. Con un movimiento sobrio pero seguro, lo retiró para entregárselo al quiosquero, que lo recibió sin ánimo, más preocupado por lo que sucedía en el televisor que por la venta. “¿Le puedo dar un caramelo por los cinco centavos?”, le preguntó el vendedor, y él respondió con un gesto que pretendía se un sí que encerrara la bronca contra esa estafa a la que se sometía consciente.
Abrió el paquete, sacó un cigarrillo y lo encendió, todo mientras caminaba hacia el café en el que se había citado con Vargas, uno bien céntrico, en el que el tránsito de gente le diera la mínima garantía de que no habría sorpresas, al menos, no más de las que ya había tenido, porque lo que había hecho el Bola ya era suficiente, ya cubría la cuota de imprevistos de un año, sino de más. Porque de cualquiera lo hubiera esperado, pero no del Bola, por eso trabajaba con él desde hacía ocho años, quizás nueve, ahora no lo podía recordar bien, la exactitud era un lujo en un momento como este.
Una cuadra antes de llegar al café donde se encontraría con Vargas, se detuvo en un puesto de revistas para poder mirar disimuladamente a su alrededor. Sabía que lo iban a estar siguiendo y que, por más que intentara evitarlo, uno o dos hombres de Vargas estarían tras él. Tratando de mostrarse interesado en algunas tapas, oteó en búsqueda de alguna cara conocida o al menos sospechosa. Reconocía la inutilidad de esto, al fin y al cabo, lo estarían vigilando, pero imaginaba que podía darle cierta tranquilidad descubrir, entre el gentío, un rostro sospechoso, una pose fuera de lugar, una actitud que desentonara con la despreocupación del gentío.
Por más esfuerzo que hizo, no pudo distinguir a los empleados de Vargas, y es que son profesionales, como él, un profesional, claro, conciso, rápido para el trabajo, aunque esta vez no había sido nada de eso. Por el contrario, esta vez se había dejado adelantar y sorprender. Quedar sólo en la línea de fuego, tener que correr para escapar y pasar la noche tirado bajo un puente, todo por no verla venir, por no leer en la mirada del Bola que algo estaba tramando, aunque quizá ni siquiera lo planeó mucho, vio la oportunidad y la tomó. Un profesional el Bola, por eso trabajó con él durante tanto tiempo, aunque si lo agarrara en este momento le metería tres tiros, uno por cada uno de los muertos del supermercado.
Ya de lejos identificó la mesa en la que se sentaría a esperar a Vargas. De las tres desocupadas, eligió la que estaba en el centro, rodeada de otras mesas y, consecuentemente, otras personas. En medio de todo eso, dificultaría cualquier plan de Vargas, aunque sabía claramente que él era más sutil, y si lo que quería era a darle un balazo, no lo haría en pleno centro, a las nueve de la noche y rodeado de una multitud. Vargas era un sutil, muy cuidadoso de los detalles, por eso lo llamaba cada vez que tenía un nuevo trabajo. Como esa vez que a un empleado de una agencia de turismo se le escaparon, borracho y ya casi a la madrugada, los detalles necesarios para conocer el movimiento de plata de la empresa. Vargas lo llamó ahí nomás, después tiró los contactos necesarios, hizo dos días de inteligencia y allá fueron. Esa vez el Bola iba con él, además del Machaca, bueno para el volante y las huidas. Al final, no era tanto, el borracho había exagerado, sólo 2.000 para cada uno de ellos y el resto para Vargas, unos 4.000, que siempre se queda con la torta más grande porque es quien se encarga de toda la logística, los autos, la inteligencia, los fierros, todos limpios, o al menos poco rastreables. Esa vez el Bola también quería meterle bala a un boludo que se quiso hacer el valiente, pero pudo evitarlo gritándole a tiempo que ya tenía la plata. Y es que el Bola siempre se pone hasta la médula antes de hacer un trabajo. Y eso debería haber sido una señal, debería haber entendido que un día no lo iba a poder controlar y todo se iba a ir a la mierda. Porque tuvo varios indicios. Como esa vez que boquetearon una joyería y el Bola se asustó con su propia imagen reflejada en un espejo y se puso a disparar como loco, si hasta mientras se iban, a las apuradas y con la mitad de las cosas porque los disparos atraerían a alguien, el tipo le seguía disparando al espejo, puteándolo, como si ese miserable pedazo de vidrio tuviese la culpa.
Un mozo le hizo una seña para pedirle que lo esperara un minuto, que ya iba a su mesa. No le respondió, no hizo ni el más mínimo movimiento, porque descubrió que allí, en la esquina, del otro lado de la calle, estaba el Tiny, el inseparable guardaespaldas de Vargas, el hijo de puta que una vez le aflojó dos dientes de una piña porque, en la carrera de la fuga, había perdido el revólver. Esa vez el quilombo fue grande, porque una vieja lo encontró, se lo pasó a la policía y de inmediato saltó que era una de las armas que teóricamente habían sido destruidas algunos meses atrás por la justicia. El revólver de mierda estuvo en las tapas de los diarios durante una semana, y por suerte no le pudieron encontrar nada raro al juez que ordenó la destrucción ni al comisario que estaba a cargo de la custodia del arsenal ilegal. Pero, de todas maneras, el cagazo de Vargas fue grande, y hasta se podría decir que esa vez estuvo muy cerca, por eso se comió la piña del Tiny, y por eso estuvo como seis meses sin poder hacer ni un mercadito por encargo de Vargas. Y ahora piensa que ese revólver fue el comienzo de su fin, porque cuando Vargas lo volvió a llamar fue para darle las sobras, trabajos chicos, de morondanga, de esos de los más elementales: entrar a la fuerza, a la luz del día, un par de tiros al aire para que todos entiendan de qué va la cosa, tomar la plata que haya disponible y a mano, los celulares, algún que otro anillo y salir a las carreras por las calles, que siempre están destruidas.
Ese revólver.
Si hasta que lo perdió él era el número puesto para los mejores trabajos, pero a Vargas cuesta convencerlo de que uno puede cometer un error, y más cuesta si, encima, una investigación llega tan cerca de él, y por eso ahora lo ha citado, porque esta vez también hubo errores, pero él es consciente de que no fueron responsabilidad suya, pero cómo carajos convencer a Vargas, si el hijo de puta del Bola desapareció, los dos desaparecieron, el Bola y el otro cabrón que él ni siquiera conocía pero que le dijeron que era bueno. Y Vargas debe estar verdaderamente enojado, porque no recibió ni un mango, las armas están todas perdidas y, para colmo, hubo tres muertos, y uno de ellos era policía. Bola hijo de puta, por qué mierda tenía que ponerse a disparar si estaba todo controlado. Lo tendría que haber sabido, tendría que haber previsto que alguna vez el Bola se mandaría una cagada, tendría que haber visto, de alguna manera, que el muy infeliz lo iba a abandonar.
El mozo le pregunta qué se va a servir. Él querría algo fuerte, una ginebra, por ejemplo, quizás con una cerveza le alcanzaría, pero sólo tiene cinco pesos y un caramelo, que vendría a valer cinco centavos. “Un café chico”, dice por fin, y el mozo se retira sin preguntarle si quiere acompañarlo con alguna factura u otra cosa, porque reconoce que ese hombre sólo puede pagar un café chico.
Ahora ve que el Tiny se está moviendo. Cruza la calle, enciende un cigarrillo y se queda parado en esta esquina, sin necesidad de disimular nada, se sabe dueño de la situación y, si quiere, de la esquina y de toda la cuadra. El Tiny sabe que lo ha visto, por eso simplemente lo mira, lo mira y deja escapar el humo por un costado de la boca. Después esboza una sonrisa y vuelve a mirar hacia cualquier lado, no importa adónde.
El mozo aparece con el pedido y lo deja sobre la mesa. El Tiny disimula estar atento cualquier cosa y por delante de él aparece Vargas, sin saludarlo, sin mirarlo, parecen de verdad sacados de una película.
Echa azúcar al café y, mientras está revolviéndolo, escucha el buenas noches de Vargas, que ha llegado solo hasta la mesa. Se sienta y muestra una sonrisa. Buenas noches, dice él, y de inmediato se escucha otro buenas noches, el del mozo, que ya está preguntando si el recién llegado va a tomar algo. Una Sprite pide Vargas, prende un cigarrillo y dice todo salió como el culo, como para él , como para nadie.
El Bola se volvió loco, explica, intenta explicar, pero a Vargas no le interesan los detalles, quiere saber sobre lo más importante, sobre lo que en verdad lo pone en peligro, por eso pregunta en voz baja por las armas.
El Bola y el otro hijo de puta se la llevaron, y andá a saber adónde se fueron; a la mía la tiré a la mierda, nunca más va a parecer, detalla. Hasta que la encuentre alguna viejita, dice Vargas haciendo moviéndose un poco, lo suficiente como para que el mozo deje sobre la mesa la botella y el vaso.
Esta vez no va a pasar, Vargas, quedate tranquilo, esta vez está bien desaparecida, intenta explicar, pero Vargas parece no escucharlo mientras se sirve gaseosa y toma un trago.
Se acabó, dice ahora Vargas, se acabó, no quiero que laburés más conmigo, así que ni me llamés, ni siquiera te acordés de mi nombre. Pero esta vez no fue mi culpa, reclama él, pero Vargas lo interrumpe con un breve chistido. Tres muertos, pibe, tres, y, encima, uno es cana, olvidate de que existo, concluye, girando un poco el cuerpo para llamar al mozo, que de inmediato está a su lado recibiendo el billete de diez pesos que le da Vargas. Quedate con el vuelto, le dice al mozo. Nos vemos, le dice a él, y se para y se va como si nunca hubiera llegado.
Después de Vargas, el Tiny también desaparece. Ahora sabe que este es el final, que acá se acabó todo. Vargas no va a correr riesgos.
Llama al mozo y le paga con el billete de cinco. Apenas una moneda de un peso recibe de vuelto. Antes de ponerse de pie, estima que es más peligroso intentar llegar a su auto que a la comisaría que está a tres cuadras, porque va a ir a la comisaría, directamente, y es que la recompensa por delatar a los que hicieron el asalto en un supermercado y mataron a tres personas, una de ellas un policía, es de cien mil pesos, y con esa plata, si sobrevive, se puede ir del país.
Enciende otro cigarrillo, se pone de pie y, antes de retirarse, deja la moneda de un peso sobre la mesa. Mientras camina, pela el caramelo que le dieron de vuelto y se lo mete en la boca, porque así es como siempre supo que terminaría, sin un centavo en los bolsillos.
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